sábado, 4 de agosto de 2018

De ferias y feriantes en Galicia rural


El origen: la aldea

Relieves  de suave orografía y el  verde pálido de los herbales  destacando  sobre las manchas más oscuras de los pinos y monte bajo. Así, a modo telegráfico podemos describir esta aldeíta  gallega.


                     Dentro de este conjunto de  manchas verdes y pequeños claros  están asentadas  pequeñas  casas  de piedra aisladas entre sí, ancladas en  el paisaje  y rodeadas de tierras de cultivo. Cruzan la aldea estrechos  caminos de carro, también cauce obligado de las aguas pluviales y pequeños   caminitos para la circulación  de las personas.
                     Este núcleo de población es representativo de la geografía gallega,  núcleos muy dispersos y sin lazos de continuidad entre ellos.
                        A grandes rasgos así era la distribución de la población gallega en la zona rural a mediados del pasado siglo y su economía se basaba exclusivamente en el cultivo de la tierra y en la explotación de la ganadería en muy pequeña escala.

Un par de vacas, cerdos y gallinas


                           El censo ganadero de cada familia consistía en una o dos vacas con sus becerritos, cerdos, gallinas y demás animales menudos.


                         Las vacas eran motivo de frecuente renovación por compra o venta. Para realizar este trueque se acudía a los numerosos  mercados que con este fin se realizaban periódicamente en lugares y fechas fijos.

La feria

                    Era corriente en el lenguaje coloquial de estas gentes que no se usase el nombre del lugar donde se ubicaba una feria  sino el día del mes en la que se celebraba. En esta comarca del río Ulla existe un pueblo llamado Lestedo con día de mercado el día 26 de cada mes. Cuando se  quiere mencionar este pueblo recurren al numeral o vinteséis.


                        Las vacas y su dueño debían caminar a veces largas distancias para acudir al mercado pues no había en aquellos tiempos transportes adecuados ni carreteras apropiadas. En los pocos lugares donde era posible, estos vehículos recogían indistintamente personas y animales y viajaban pacíficamente mezclados.                   
.                   Con estos antecedentes retrocedamos nuestros recuerdos a los años cincuenta del pasado siglo y relatemos las escenas de una feria de ganado localizada en un lugar del valle del Ulla.

 Nuestro protagonista, el tratante de ganado

                    Antes de seguir adelante introduzcamos aquí la figura del tratante: comprador y vendedor de reses; pintoresco personaje vestido de amplia bata negra, ancha boina y largo bastón  de castaño. 


Vigilaba la entrada del ganado para identificar de una ojeada sus posibles objetivos. Personaje de una gran picaresca y de florido lenguaje que usaba para convencer a los incautos vendedores o compradores.

Un simpático negociante

                    Elegida ya la vaca objeto de su interés, debía en primer lugar asegurarse de la situación sanitaria del animal. Salvando las debidas distancias,  la sometía con gran aparatosidad  a un profundo chequeo clínico. Para ello usaba su ya su larga experiencia en la materia.  Con su convincente picardía  ponía  de manifiesto en este chequeo y  de manera interesada  graves defectos al animal para  reducir su valor de mercado.



                    En primer lugar le  abría la boca, comprobaba su dentadura, desgaste de los molares, estado de la lengua; de todo ello deducían edad, ausencia de parásitos y otras  patologías.
                    A continuación inspeccionaba sus pezuñas para ver su estado y conservación; le propinaba un fuerte pellizco en la espalda  para comprobar sus reflejos,  le daba un repentino estirón al rabo del paciente animal; así comprobaba el estado de su columna. Por último le echaba una mirada a los cuernos, simetría de los mismos y al estado de su piel y pelo insistiendo en los graves defectos que quería imputarle al pobre animal.

Cuarenta duros y quince reales

                    Pero lo más curioso de esta exploración era la serie de informaciones que iba transmitiendo al dueño del animal;  en todas ellas intentaban demostrar que apenas se tenía en pie y no valía ni la pena mirar para él. A pesar de todo, a pesar de sus frases peyorativas  en cada una de sus pruebas, ofrecía un a cantidad expresada en duros , complementados con reales, monedas de uso corriente usadas en aquel tiempo:
                     Cuarenta duros y quince reales, cantidad, por supuesto inferior al valor real de la vaca.  En estas ofertas y demandas de duros y  reales quedaba cerrada la venta de la vaca en cuarenta y ocho duros y veinte reales.

Este trato bien merece un festejo

         
           Cerrado el trato con un apretón de manos cada uno seguía con sus asuntos. El tratante a por un nuevo trato; el ganadero a por la compra de unos aperos de labranza y unos metros de pana para traje nuevo de los domingos. 


Que la cosa no había ido mal. Eso si, antes de coger camino se toma una ración de pulpo, un jarro de tinto y regresa ufano hacia su aldea sin la vaca pero con la cuerda sobre los hombros, señal de que había hecho un buen mercado.
                   

                       



domingo, 8 de julio de 2018

La herencia del Sr. Francisco



La asamblea en el atrio de la iglesia

En una anterior narración habíamos descrito una especie de asamblea convocada por el alcalde de barrio de un poblado rural situado en lo más alto de de la montaña ourensana.


Los vecinos se reunían periódicamente en el atrio de la iglesia parroquial y en ella se trataba y resolvía todo lo concerniente a la vida y hacienda de la propia parroquia. La titularidad de las propiedades no se regía por documentos escritos sino mediante tratos verbales acordados ante los demás en asamblea. Todo discurría en perfecta armonía y la vida y trabajos de estos vecinos se movía por este sistema de tratos verbales hasta que un acontecimiento inesperado rompe este sistema de registro de la propiedad.
                    Perdona, sufrido lector, que me recre tanto en el detalle del desarrollo de la trama pues en ella se describe un acontecimiento social que trastornó para siempre el concepto o modo secular de transmisión de la propiedad en aquellas tierras.

De profesión profesor y todo lo necesario

                   Además de desempeñar de alfabetizador de una generación de niños era requerido a veces como redactor de cartas a petición de aquellas personas que carecían de conocimientos precisos; cartas en las que se reflejaban a veces temas de gran contenido emocional y curiosas intimidades. Otras tareas frecuentes eran la de gestor, médico de urgencias, sanitario, consejero, juez de paz. Era un pueblo aislado y allí el maestro y el cura eran un apoyo importante en todas las facetas de la vida.




La historia del Sr. Francisco o costureiro


                    Pero centrémonos en el tema. Al lado de mi vivienda vivía el Sr Francisco o Costureiro, con muchos años a cuestas y muchos achaques en su gastado cuerpo. Como no podía atender sus propiedades decidió pedirle a su sobrino Antonio y esposa que se fuesen a vivir a su casa ofreciéndoles además todas sus tierras como herencia, pero sin reconocerlo todavía en asamblea pública.




De penas y panes

                    Un día, de madrugada, el sobrino me llama a la puerta para decirme que su tío acababa de fallecer. Era un buen hombre que sentía un sincero afecto por su pariente. Hablamos largo rato y después de unas cuantas tazas de café cargado y sus orujos correspondientes se le fue alegrando el ánimo.
 De pronto se le muda el rostro, se pone pálido como la nieve que cubría los tejados del pueblo y mirándome a los ojos, todavía recuerdo esa mirada, me dice: e que…meu tio non testou. Pobre Antonio; durante veinte años había cuidado de su tío en la creencia de llegar a ser propietario de esos bienes. De repente todo se deshace y se cree en la miseria.



La historia se complica

                    Este narrador, desvelado por la noticia, pasó el resto de la noche meditando e intentando ayudar a su vecino y amigo.
                    Aunque no había confirmado en la asamblea pública dicha oferta, era ya de todos conocida y aceptada la decisión del tío.  Consulté con varios vecinos, todos ellos respetados en el pueblo, una posible solución y todos ellos dieron por buena esta propuesta. Hacía unos pocos meses Francisco, con un estado de salud muy delicado, había manifestado a varios de sus vecinos su deseo de legar en Antonio.

El testamento 

                    Redacté entonces un documento en el que el tío Francisco legaba a su sobrino todas sus propiedades y lo datamos con una fecha seis meses anteriores a su fallecimiento. Como no sabía firmar requerimos además dos testigos (aquellos que habían oído de Francisco su deseo de legar en Antonio)  para que firmasen en su nombre. Así quedó cerrado un contrato con registro escrito sobre derecho de propiedad, creo que el primero que se hacía en aquellas tierras.




Los papeles contra las palabras

                    Sufrido lector: no le pregunte a este redactor por la legalidad jurídica de este acto. Nada se infringía. Era la voluntad del testador y la aceptación de toda la parroquia y la del propio sobrino, claro.
                    Fue muy curiosa la reacción de los vecinos. Este documento escrito que reflejaba la supuesta voluntad del testador rompe su sistema tradicional en donde la voluntad de la persona era siempre respetada cuando se manifestada en asamblea. Esta situación creó en la aldea gran inquietud pues sus tierras, carecían de respaldo escrito.
                    A partir de esa fecha todo acto de compraventa, además del acuerdo oral en asamblea debería ser registrado en documento para que se validase dicho acuerdo.



                    Comprenda pues, paciente lector, la demanda por parte de los nuevos compradores para que este maestro identificase sus tierras y redactase el correspondiente documento escrito. Pasaron ya sesenta años y todavía recuerda
las incomodidades sufridas midiendo fincas cubiertas de nieve y con temperaturas bajo cero.
                    Aquí entra de lleno, ahora sí, aquel refrán ya referido en el anterior artículo:
                                    Donde hay papeles callan barbas  
                   
                   


martes, 29 de mayo de 2018

De alcaldes y vecinos en la Galicia rural (los pregoneros)



Por orden del señor alcalde              

Quiero rescatar de los rincones de mi memoria recuerdos ya alejados en el tiempo. Era todavía un  niño, estaba lejana mi adolescencia y  todavía vestía  pantalón corto como se estilaba en aquellos tiempos.
                   En mi villa natal había un cine en donde pasaban
 películas de vaqueros y de bandidos. La entrada nos costaba dos patacones,  equivalentes a veinte céntimos de la antigua peseta. Los niños    insultábamos con gritos durante la sesión a los malos de la cinta cuando perseguían a los buenos y  les aplaudíamos ruidosamente si estos ganaban.
                     Recuerdo también  las proyecciones de cintas españolas  en donde era frecuente  la figura del pregonero  que recorría los diversos lugares del municipio comunicando las decisiones de del alcalde o regidor. Llegaba a la plaza del lugar montado a caballo  con la corneta en ristre. Se paraba, daba un toque largo en si bemol, esperaba a que acudiesen los vecinos y  anunciaba: “por orden del Sr alcalde obligo y mando y hago saber… “ y a continuación  exponía toda una serie obligaciones, recargos de impuestos, de prestaciones de servicios pero no beneficios para los vecinos.
                      Por entonces la población española, especialmente en las zonas rurales, el analfabetismo era general

Un salto en el tiempo y en el espacio

                   Hagamos ahora un salto y aceleremos velozmente hacia adelante la flecha del tiempo. Aquel niño dejó de usar pantalón corto, se formó como docente y años más tarde comenzó su actividad profesional en tierras lejanas de su villa natal. Esto ocurrió allá por el año 1956 en una aldea de la provincia de Ourense , un pueblecito aislado en la alta montaña con la preciosa vista en primer plano de Peña Trevinca cubierta de nieve. A  dos horas de camino de cabras para bajar a la villa más cercana.

El alcalde de barrio

                   Aquí también se celebraban antaño comunicaciones entre alcaldía y vecinos pero con un calado mucho más profundo. Aquí no venía ningún delegado de la alcaldía; era el propio alcalde de barrio del lugar quien recogía instrucciones del alcalde y las transmitía a los vecinos mediante reunión parroquial en el atrio de la iglesia.




                   Lo más peculiar de estas reuniones es que no solo se trataba se asuntos municipales. En cierto sentido era a modo de autogobierno parroquial en el que se resolvía todo tema que afectaba exclusivamente a los propios  vecinos. Era una especie de asamblea a modo de notariado en donde cada uno de los asistentes hacía de notario, de  protagonista del acto y  asimismo de testigo presencial.

 Asamblea de vecinos

                   Sufrido lector: estas informaciones no son batallitas que manan de la imaginación desbordante de este viejo narrador. Son hechos reales acontecidos a finales de la década de los cincuenta siendo por aquellos tiempos un maestro y un vecino más con la misión alfabetizar a un numeroso grupo de niños y a  algunos adultos. Como testigo  presencial asistió a muchas reuniones y en alguna de ellas protagonista puntual.

                   En estas reuniones todos los temas que competían exclusivamente al orden interno de la parroquia eran tratados, aceptados o rechazados pero siempre  respetados escrupulosamente por la comunidad parroquial.

Cada vecino era testigo y notario

                   En la titularidad de las tierras no se tenían como base registros escritos y la transferencia o cambio de propietario se hacía públicamente en asamblea. El vendedor exponía en público su deseo de vender la propiedad a otro vecino.



 Éste aceptaba precio y compra, se daban la mano y el trato quedaba y registrado para siempre sin más protocolos  en la memoria colectiva de la parroquia

Decisiones de obligado cumplimiento

                   Con  la misma ceremonia se cerraban otros tratos. Estos son algunos de los que recuerdo:

·        Ventas de animales
·        Venta de aperos de labranza
·         Venta de cualquier objeto que necesitase acuerdo público
·        Acuerdos sobre turno de arreglo de caminos
·        Ayudas para bajar enfermos imposibilitados ,
·        Obligación de comprar carne  al dueño de un animal muerto en accidente
·        Prestar servicios al cura y al maestro de la parroquia
·        Velar el cadáver de una persona muerta de accidente  
·        Acuerdo de arriendos, incluso , de utensilios
·        De servicios que había que prestar al concejo
·        De turnos de riego
·        Que vecinos que debían abastecer de leña a los maestros

Que decir tiene que detrás de cada uno de estos acuerdos existían normas, costumbres y tradiciones que marcaban cómo debían hacerse las cosas. En el arreglo de caminos, de los turnos de riego y otros. Y todo escrito en la memoria de los vecinos.


Trato hecho

Curiosamente durante el trato de compra-venta de tierras, animales  u otros objetos el comprador anunciaba de viva voz lo que quería comprar y a su vez el vendedor también con voz clara anunciaba que aceptaba el trato; se estrechaban las manos y el trueque, como ya se indicó, quedaba firmemente cerrado.
                   Para estos mis antiguos vecinos no valía aquel  aforismo  tan usado en todo tipo de contratos: dónde hay papeles callan barbas.

martes, 19 de diciembre de 2017

Xe de Orosa y la Santa Compaña

                    
                   En esta brumosa Galicia  persiste, especialmente en las zonas rurales, una serie de mitos y leyendas que se transmiten y comentan oralmente en las largas noches invernales, sentada la gente mayor en incómodos escaños al pie de un abundante fuego de raíces de torgo  mientras los más pequeños dormitan recostados su primer sueño.


La Santa Compaña      

            

 Posiblemente por el proceso de globalización cultural y social en la que estamos inmersos, estos mitos se van perdiendo en la cruda realidad de los aparatos electrónicos que se van imponiendo y dejan ya poco margen para la imaginación y para el misterio.
                   Uno de estos mitos, a mí entender uno de los más curiosos, es el de la Santa Compaña (Santa Compañía)  que es además exclusivo de esta región y con un origen tan remoto que se pierde en la memoria de los tiempos.
                   Aunque tiene pequeñas variaciones según la comarca de la que se toman referencia es una concepción  diferente y en otro plano  del misterio de la  vida/muerte. Difiere de la interpretación clásica que presentan casi todas las sociedades humanas que colocan a las almas de los fallecidos en uno de los dos mundos  según los méritos o deméritos que hayan tenido en u vida terrenal.

                   En la mística de esta leyenda galaica las  ánimas de los difuntos no gozan de méritos o deméritos. Al desprenderse de su cuerpo   se unen a la cola de una procesión de “ánimas” que vagan eternamente en procesión continua por valles y montes durante las umbrías noches de invierno  portando faroles y sólo se muestran a nosotros los mortales para augurar desastres o para anunciar  el próximo fallecimiento al que tuvo  una visión.

                
   Aclarado esta cuestión quisiera relatar un caso concreto de una persona que en sus charlas con el redactor de esta historia contaba su experiencia sobre este tema.


Esto sucedió en la alta montaña ourensana


Poblado sin comunicación vial ubicado en la comarca de Os Bolos y con estribaciones de Peña Trevinca toda cubierta de nieve en el horizonte cercano.
Este maestro enseñaba a leer, escribir, contar  y demás materias culturales a una treintena de niños para que en su día pudieran integrarse a la vida de estas tierras duras y gentes bravas.


Xe de Orosa


Durante las interminables noches invernales compartía tertulia con los vecinos, especialmente con Xe de Orosa, amigo y vecino de puerta, alrededor de la hoguera mientras fuera caía mansamente la nieve y de los tejados colgaban grandes carámbanos.  
                  
De profesión cantero en su etapa laboral y jubilado ya hace bastantes años. Recuerdo todavía su imagen sentado en la lareira tratando de liar un cigarrillo con picadura de tabaco troceando las hojas  que  compraban  en la taberna. Liaba unos pitillos gruesos y mal hechos, pasaba la lengua por la zona de pegamento del papel de fumar y le prendía fuego con una ascua. Me  imponía el ánimo al contemplar sus gestos como fumador: eterno tosedor con esa tos convulsiva en la que daba la impresión de asfixia. Pasada la crisis volvía con el relato sólo interrumpido por sus espasmódicos tosidos.  


El bastón de Xe


                    Me contaba esas historias que tanto gustan a los viejos. Por ellas supe los modos de vida de estas gentes, sus ansias, sus intimidades y también de su propia experiencia con la Santa Compaña.  Este amigo Xe estaba obsesionado con su muerte que creía inminente y tenía que resolver el problema de la entrega de su bastón a otro vecino antes de incorporarse a la procesión de las ánimas como nuevo miembro de la misma.


                   Para él era una obligación la entrega de su bastón a modo de testigo al vecino que iba  fallecer a continuación y estaba angustiado por las dudas de su  entrega.
                   Era tan intenso su deseo de entregar el testigo al futuro miembro de esta Santa Compaña que en mis últimas conversaciones con él me había implicado en esta elección rogándome le ayudase. Recuerdo todavía sus súplicas: señor maestro, usted que es un hombre estudiado, ayúdeme a buscar a  quién entregar el bastón. Por supuesto y con toda la amabilidad  le respondí que  era su decisión personal en la que no podía intervenir.
Por motivos de mi cambio de destino dejé ese poblado y el amigo Xe de Orosa se quedó con la indecisión de elegir sucesor.
                   En la interminable procesión de ánimas estará ahora este amigo ourensano y muchos, muchos más, augurando desastres y señalando nuevos miembros.







sábado, 2 de diciembre de 2017

Xaquín el carretero

                                               

Tarde de otoño en una aldea de Galicia


Era una tarde de un plácido día otoñal. El sol se iba ocultando lentamente y este maestro de una escuela rural de Galicia había terminado su  jornada.
Sus alumnos salían bulliciosos de clase.


Sentado, con un montón de cuadernos a su lado corregía los deberes del día  y echaba ojeadas hacia el horizonte lejano con el Pico Sacro compostelano en primer plano. 
                   Es ésta una de las muchas situaciones que todavía recuerdo con añoranza. Anécdotas sin apenas valor testimonial, nimiedades  que obstinadamente acuden en clarísimas imágenes como si las estuviese viviendo ahora mismo.
         Seguía corrigiendo los cuadernos  y el sol seguía su pausado camino hasta ocultarse en  el horizonte.

Los ejes de la carreta de Xaquín


               Un sonido agudo como el de las notas altas de la gaita gallega se venía oyendo,  cada vez con más intensidad.  Conocía su procedencia: era el carro de mi amigo Xaquín o Lobato.


 Como todos los días a la misma hora  portaba su carga de troncos de pino circulando por los caminos de monte. El trayecto hasta la carretera comarcal era de apenas 5 Km. Allí la carga era recogida por un camión preparado para esta tarea.
                   

El  eterno y apagado cigarrillo pegado a sus labios


El amigo Xaquín era para mí un personaje  singular. Llevaba bien sus cincuenta años.  Era pequeño, enjuto, con su abundante cabellera saliendo por debajo de la boina. Caminaba  al paso lento de las vacas con su eterno y apagado cigarrillo colgado de sus labios. No sabía leer ni escribir,  pero era gran conocedor del ambiente rural en el que  siempre había vivido.



 En una ocasión tuvo necesidad  estampar su firma para legalizar unos papeles. Me pidió le enseñase a firmar. Lo recuerdo  en pie  ante el encerado  de la escuela y tiza en mano sudando por el esfuerzo mental que hacia para copiar de una muestra los rasgos de su firma.  Nunca había salido de su aldea y conocía  de oídas que había otros pueblos, otros países. 

El carro de vacas 


 El carro de vacas de Xaquín con su estructura totalmente en madera producía al rodar un sonido característico; su eje de giraba directamente sobre la madera en dos puntos de apoyo   por lo que la hacía vibrar y producía dos agudas notas como de gaita gallega. Vibraba el eje y también  todo el conjunto del carro a modo de resonancia. La intensidad era tal que se dejaba oír a grandes distancias en campo abierto y el tono iba oscilando al compás de la velocidad del carro.

Cada carro con su cantar


                   Este recuerdo, de allá los años cincuenta,  está todo lleno  de una musicalidad de sones de carros en este poblado rural. En aquellos tiempos era el único medio de transporte,  a ciertas horas del día  y durante la época de mayor actividad agraria varios carros circulaba  por esos caminos rurales; cada uno con su característica creando una tonada llena de sonidos  de carros que circulaban por los varios caminos; imagen  tremendamente bucólica.   Los campesinos  del lugar tenían memorizado el “cantar” de cada carro y sabían exactamente por dónde rodaban y qué hacía cada uno de ellos.


                   Pero volvamos al amigo Xaquín con su carro cargado de madera de pino camino de la carretera comarcal más próxima. Este maestro conocía bien la “canción” de su carro y desde luego también conocía el florido lenguaje que continuamente  dedicaba a las sufridas vacas. Es una pena que no pueda expresar  sus palabras textuales pero sí diré que revolvía el cielo con la tierra dedicando a los personajes celestiales lindezas de todo índole. También tenía su repertorio para nosotros los mortales entre los que incluía vecinos, amigos,  padres y demás familias con duros adjetivos
                   Pero  no se quedaba sólo en palabras.  Con el largo varal que llevaba siempre consigo  animaba  a las vacas cuando estas mostraban flaqueza o imposibilidad.
                   Los animales, ante el castigo protestaban y su protesta junto con el sonar de los ejes y los improperios de Xaquín  terminaban, siempre, provocándome una larga sonrisa.

La catedral y Xaquín    

            

Un día, creo, que era  día festivo, lo invité a que me acompañes a Santiago a dar un paseo  en mi recién estrenado “seiscientos” para que conociese mundo.

                   Durante el recorrido miraba para todo y se asombraba con todo lo que veía. Casi le dio un vértigos cuando paseando por la zona antigua veía los grandes y majestuosos monumentos y la catedral. Regresamos, tomamos unos vino por el camino y el  amigo Xaquín no salía de su asombro.  Al dejarlo junto a su casa sólo pudo decirme:
                  

                    Por eso, señor maestro, ¡¡qué grande es el mundo!!


sábado, 21 de octubre de 2017

Accidente de tráfico en a Illa de Arousa en los años 50

 A Illa de Arousa  


Situémonos en los años cincuenta del pasado siglo y busquemos refuerzos en los recuerdos de mi ya débil memoria  para relatar un  curioso pero insólito acontecimiento en un pueblecito marinero, a Illa de Arousa, situada en la ría del mismo nombre,  entre las provincias de Pontevedra y Coruña. Paisajes marinos llenos  de encanto y con imágenes  de gran belleza natural.



Un pueblecito marinero con 9 fábricas conserveras


 Este pueblecito marinero estaba habitado en aquella época por  cinco mil vecinos. Nueve fábricas de conservas de pescado -sí, dije nueve fábricas- elaboraban la mayor parte de la  materia prima que era aportada por la numerosa flota pesquera  isleña.
                   La casi totalidad de los hombres en edad laboral se dedicaban a la faena del la pesca y la mayor parte de las mujeres trabajaban como operarias de las conserveras.  El numerosísimo censo infantil, memorizando en las escuelas las materias tradicionales de estudio y aprendiendo vida.


 Gente sencilla y amable


 Estos pobladores isleños eran  gentes, sencillas, de mente sana, sin inhibiciones  en su trato social  y portadores de una idiosincrasia especial diferente de las otras gentes de la Galicia interior. Su lenguaje coloquial era extremadamente y rico, florido y con esa característica del “jejeo y seseo” en sus charlas lo que les daba una especial musicalidad.


El primer coche de a Illa de Arousa


En  esta intensa  actividad industrial de la isla  tenía que haber continuos traslados de materias primas pero no había circulación rodada con tracción animal. Los únicos medios de transporte los hacían las mujeres llevando a la cabeza las mercancías y a veces usando carros de dos lanzas arrastrados también a mano.
Una de estas factorías, a  la que le dediqué varios años de mi vida como técnico de la conserva, decidió modernizar este sistema de transporte y adquirió una camioneta de tercera mano, claro, en un taller de vehículos de ocasión  en la cercana ciudad de Vigo.



A Cachonda circula por a Illa


Después de las delicadas maniobras de embarque  y desembarque se planta en a Illa este flamante medio de transporte. Empieza a circular ruidosamente por las pistas y caminos de este pueblo con su motor sin silenciador. Grande fue la estupefacción de los propios isleños pues algunos mayores y casi la mayoría de los niños   no había visto nunca circular un coche. Era pues un insólito espectáculo ante los curiosos ojos de estas gentes mayores  y un gran asombro  de la numerosa población infantil

Los isleños, dotados de un gran humor y fina ironía, lo bautizaron de inmediato con el        pomposo nombre de  “a Cachonda”.
  Compruebe, amable lector, la fotografía adjunta y se dará cuenta de lo bien que le cae esta nombre al vehículo.
              

El primer accidente de tráfico de a Illa de Arousa   

     

El recorrido del a Cachonda por las pistas y caminos de a Illa creó un preocupante problema de seguridad. Los niños, al salir del colegio, corrían todos hacia el vehículo que carecía de autorización legal y de seguro obligatorio.
                   Estos niños se agolpaban a las orillas de los caminos, corrían  delante de la camioneta y detrás de la misma dificultando su ruidoso rodar e impidiendo que desarrollase sus más de 30km/h, velocidad normal de crucero.
                   En una ocasión conducía el vehículo este narrador, todavía sin permiso legal, por una estrecha callejuela. De repente un grupo de niños sale de una esquina  y se pone delante de la camioneta y arremete contra la misma. Y así aconteció el primer accidente de tráfico en la historia de esta isla.     

¡¡Tumulto de gente, llaman al 112, acude la policía de tráfico, la ambulancia medicalizada, y el equipo de atestados…!!

 Pero, ¡¡qué estoy diciendo!!  Este accidente no sucedió en la actualidad  sino hace casi setenta años. Pido perdón: mi memoria se trabucó  e invirtió la dirección  de la flecha del tiempo.
                   En realidad, el niño accidentado tenía un pequeño rasguño en un dedo y lloraba desconsoladamente porque había manchado la hoja del cuaderno de  deberes y temía el castigo del maestro.
A Cachonda con su ronroneo suave de motor ya viajado contemplaba la escena y sonreía. O eso me pareció ver.

                  


martes, 10 de octubre de 2017

Mal le va a la raposa cuando anda a los huevos


La frase que hoy da título a esta publicación era de uso corriente en el lenguaje coloquial de una pequeña comarca de la Galicia rural.
En cierta manera se utilizaba  a modo de refrán cuando se hacía referencia a aquellas personas que van por la vida con graves problemas de salud.

La raposa en la Galicia rural     

        

En él se hacía mención a la raposa, temible alimaña depredadora de gallineros y otras aves de corral. Gallinero en el que entraba hacía gran desastre matando a todos los animales que no lograban huir aunque  se llevase solo una para comer. Pero no de todas ellas salía con bien. Algunas veces esta cazadora eran su vez cazada por el dueño del corral o por sus perros guardianes.

La raposa va de procesión


En este caso era costumbre que dos hijos del cazador o de un vecino recorriesen la parroquia portando a hombros esta alimaña atada a un palo por las cuatro patas. Visitaban casa por casa, mostraban la pieza cazada y pedían un par de huevos. Gustosamente aceptaban los vecinos esta petición. Al terminar la ronda volvían para su casa con varias docenas de huevos. Las gallinas quedaban liberadas de su depredador, y seguían su diaria faena de reponer el nido.

Dos huevos por una raposa muerta


                   Volvamos virtualmente a los años sesenta y cinco del pasado siglo. Este narrador, maestro de una  escuela rural, estaba sentado en el jardín leyendo la prensa  inundado por los todavía cálidos rayos de un sol otoñal. Hacía largo rato que los niños habían salido de la sesión de la tarde y ya se proponía programar la labor del día siguiente cuando vio llegar dos chavales que portaban una raposa muerta. Le hago entrega gustosamente del par de huevos pues también este maestro tenía gallinero y agradecía verse libre de ese depredador de gallinas.
                   Quedamos charlando un rato y  les propuse un trato: les compraba la raposa por cinco duros (25 pesetas de las de entonces). Aceptaron  y se volvieron para sus casas muy contentos.
                   La piel curtida de este animal es muy apreciada a modo de alfombra en las salas de las casas bien.

El herrero filósofo


                   Sigamos con los recuerdos de aquella época. Durante las eternas noches invernales solía visitar al Sr Manuel, herrero de profesión y vecino de puerta. Estaba  entrando en los noventa y era un pozo de ciencia. Me admiraba que con su poco vocabulario y poca formación cultural era capaz de enfrentarse a temas de difícil expresión. Era un pequeño filósofo, sarcástico, cazurro, astuto; solía emplear en su conversación toda una serie de refranes o frase ya hechas.

Mal le va a la raposa cuando anda a los huevos


Se me ocurrió un día preguntarle por el sentido profundo de este refrán que encabeza el texto. Se puso erguido, me miró ferozmente con sus ojos de herrero, retuerce su abundante mostacho y me responde con enojo:
                   Si la raposa  va de puerta en puerta muerta y colgada por las patas ¡¡¡Cómo piensa que le irá a este bicho…(omito aquí un fuerte vocablo gallego).

 La raposa un hermoso animal de nuestro campo


Ahora, desgraciadamente, pocas son las casas labriegas que aún  cultivan las tierras y tengan gallinas en sus corrales. Y en este punto la raposa ya no es ese animal temible que diezma la economía de la familia. Ahora oír sus aullidos en las noches de Galicia y ver su figura estilizada cruzar en un camino rural es una hermosa experiencia. Eso sí, no pongas a la raposa a cuidar de tu gallinero

                   Damos fin aquí a esta publicación. En otras enviaré  nuevos relatos ubicados todos ellos en este pequeño rincón de nuestra Galicia rural.