La juventud cesureña no recuerda ya aquellos trenes de los años cuarenta. Ver y oír la llegada a la estación de la máquina de vapor con cuatro o seis vagones de mercancías y pasajeros era todo un espectáculo. Un fuerte aviso de silbato anunciaba desde lejos esta llegada, Entraba la máquina envuelta en vapor accionando los frenos con fuerte chillido y hacía parada en la estación.
El Jefe de Estación con su banderita reglamentaria en alto controlaba la salida de los pasajeros que se apeaban y las de los otros que subían. Al terminar este trasvase, alzaba de nuevo la banderita y la locomotora continuaba viaje hasta la siguiente estación.
Pero en este relato de la llegada y salida del tren en aquellos tiempos pretendo traer el recuerdo de un tren muy original, allá por los años cuarenta o cincuenta, y que todavía recordarán todas aquellos cesureños que en la actualidad ya pasaron de los setenta: el tren de Varela.
Sólo sabemos que el maquinista se llamaba Varela. Desconocemos su vida pero queremos destacar la rectitud en el cumplimiento de su deber profesional como maquinista del convoy de corto recorrido que hacía diariamente y varias veces la ruta Carril-Santiago y viceversa.
Respetaba escrupulosamente las medidas de seguridad pero pasaba por alto algunas de sus rígidas normas y, si en una estación de parada obligatoria había que esperar a un amigo que se retrasó, no dudaba en concederle esos minutos de espera.
En la ruta diaria de Carril-Santiago, después de hacer este recorrido durante muchos años, fue adquiriendo amistades, de esas amistades de tránsito. Cuando algún amigo pasaba por el sendero paralelo a la vía del tren, tampoco dudaba en enviarle un saludo muy sonoro: dos rápidas pitadas.
Para este redactor el tren de Varela le trae recuerdos imborrables y le hace retroceder a aquellos tiempos de estudiante en Santiago.
El domingo por la noche regresábamos a Santiago en el dicho tren de Varela en su último recorrido del día.
En la estación de Cesures nos juntábamos todos los estudiantes de Cesures y contorno cercano que también estudiaban en Santiago.
La hora oficial de llegada era a las 9 ½ de la noche pero la puntualidad que ahora se le exige a este transporte no era tan rigorosa en aquellos tiempos. Era frecuente que circulara con media hora de retraso. Muchas veces nos comunicaban que el tren mixto – con vagones de pasajeros y de mercancía – procedente de Villagarcía, circulaba con una hora de retraso.
Supónganse cómo estaría el local de la estación con quince o veinte estudiantes, casi siempre en invierno y que procuraban no aburrirse en la lenta espera. Metíamos tal bullicio que el Jefe de Estación nos amenazaba con echarnos fuera del local en plena lluvia..
Al fin llegaba el tren entre bufidos, subíamos en el mismo vagón de pasajeros y allí continuábamos con la bulla.
Sucedía a veces que el fogonero no lograba dar suficiente candela para lograr la presión necesaria y la marcha a veces era a paso de persona.
Pero más lentitud todavía. En aquellos tiempos el tren de pasajeros hacía parada obligatoria en todas las estaciones del recorrido con su ceremonial de costumbre. Desde su inicio en Carril-Villagarcía hacía parada en Catoira, Cesures, Padrón, La Esclavitud, Osebe, Casal y Santiago, a donde llegábamos sobre las doce de la noche.
Recuerdos todos ellos ya muy lejanos en el tiempo. Casi setenta años nos separan de estos pequeños acontecimientos.


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