miércoles, 24 de abril de 2019

Una parada en el camino


Reflexiones

Después de más 70 relatos escritos quiero hacer una pausa. Una pequeña reflexión. Una parada en el camino antes de continuar con más historias de este viaje en el tiempo que es el blog "Todo pasa, todo fluye".

Durante cuarenta y cinco años  estuve integrado en el mundo de la enseñanza y a este mundo dediqué todos mis esfuerzos en jornadas de trabajo que con frecuencia de nueve horas diarias.

El tiempo discurría a otro ritmo

Como era habitual en aquellos años la labor de maestro conllevaba traslados. Cinco veces cambié mi lugar de residencia. Todas ellas en lugares de la geografía rural gallega en donde la vida se mide de una manera diferente y el tiempo transcurre a otro ritmo.



Además de las horas diarias que dedicaba a la enseñanza aún disponía de tiempo para dedicar a la familia, al trato con los vecinos y de recoger por escrito estas experiencias. Para que nuestros descendientes, por estos relatos, reconozcan nuestras antiguas maneras y modos de vida.




De ellos aprendí a ser reflexivo

En mis horas libres me gustaba mucho hablar con las gentes, escuchar sus penas, sus alegrías, sus historias reales o imaginarias. En mi cabeza toda esta información iba componiendo una historia, una película viva de cada lugar.

De ellos aprendí a ser reflexivo, aprendí también a darle valor real al tiempo. A entender su punto de vista sin perder el mío. A respetar sus opiniones y actitudes. Y sobre todo a comprender que el ser humano, sean cuales sean sus circunstancias vitales, está ahí.



De todo ello quiero dejar constancia escrita en estos relatos

Me admiraba que, con los poquísimos medios de vida, eran a su manera felices, creaban familia y la especie humana seguía desarrollándose como en otras partes. Cuando  España cayó en profunda crisis económica, mucha gente joven emigró a otros países europeos más prósperos. Nunca dejó de admirarme  esa enorme capacidad de adaptación, ese salto en el vacío que suponía para ellos partir de una pequeña aldea de la montaña Ourense y llegar a una populosa ciudad de Francia, Alemania, Inglaterra...

De todo ello quiero dejar constancia escrita en estos relatos. Me defino como un maestro que, como espectador, va narrando lo que acontece en su entorno. Quiero recoger estas vivencias de los años 50/60 del pasado siglo para que las actuales generaciones sepan de los sacrificios y modos de vivir de sus ancestros.




domingo, 24 de marzo de 2019

Los coches de gasógeno


Poco después de terminada la Guerra Civil     

    

En este relato retrocedemos en el tiempo y anclamos nuestros recuerdos en los años posteriores a la Guerra Civil, contienda que durante tres años  dejó asoladas ciudades y pueblos y se saldó con  más de un millón de muertos.

Un adolescente en la postguerra


                        Este relator estaba en plena adolescencia. Vivía en una pequeña villa gallega muy lejana de los campos de batalla, pero el pueblo sufría las consecuencias de esta contienda con muchísimas carencias de materias primas especialmente de productos alimenticios. Tanto que la Administración organizó su control a base de racionamientos distribuidos mediante cartillas familiares que entregaban en los municipios y que contenían unos cupones para poder adquirir legalmente pan, aceite, azúcar y otros productos básicos.
Pero el tema de las Cartillas de Racionamiento merece un relato propio y hoy me quiero centrar en otro, de más gratos recuerdos.


El paso de un coche por la carretera general era casi un espectáculo


Los enormes gastos derivados  la contienda dejaron a la nación sin recursos para su reconstrucción y sin divisas para importar combustible ya que España carecía de fuentes propias de suministro de petróleo.
                        La circulación de vehículos a motor era por este motivo muy escasa. Recuerdo que en aquel  tiempo el  paso de un coche por la carretera general era casi un espectáculo y lo celebrábamos con mucha admiración.


Y llegó el gasógeno


                        Se  propuso subsanar y sustituir esta falta de petróleo con otro combustible, el llamado gas pobre que se obtenía mediante una  combustión incompleta de madera en una caldera que se colocaba en la parte posterior del vehículo a modo de joroba. Este gas se inyectaba  mediante sencillos cambios en el motor. El mecanismo no era muy complicado y un mecánico hábil era capaz de construirlo sin demasiada dificultad. Se podían también comprar y adaptar  a cada vehículo. 


Y de combustible, piñas y garabullos


Este tipo de combustible adolecía de capacidad energética y era muy inferior al de la gasolina por lo que los vehículos carecían de la potencia necesaria para una marcha regular. Se debía recurrir con frecuencia a marchas cortas para ganar potencia. El sistema era sin duda ingenioso, solo necesita de leña que no faltaba en el monte. 



Ahora un coche para en la gasolinera, llena el depósito y en marcha. El gasógeno era sin duda barato, pero más complicado. Para salir de viaje había que abrir la caldera, limpiar las cenizas del viaje anterior, repostar con la madera bien cortada, prenderle fuego, cerrar la caldera y cuando la llama ardía con intensidad, cerrar una válvula que regula la entrada del aire y así obtener la combustión incompleta. El gas obtenido, rico en monóxido de carbono, se inyectaba en el motor y a correr y no digo mal. Y si no espere el lector a leer lo que a continuación le cuento

¡A por uvas!


En mi pueblo teníamos un equipo de fútbol y competíamos con los equipos de las villas cercanas. Para los desplazamientos contratábamos una camioneta   que era usada para  transporte de áridos. En ella estibados, subíamos los componentes del equipo y todos los aficionados  Y así, sentados unos y colgados otros partíamos hacia el campo contrario.



                       
Nuestra marcha era lenta por el exceso de carga y en  las pendientes muy acusadas circulaba a paso de persona. Por el  tiempo de la maduración de las uvas  había  muchas viñas bajas cerca de la carretera y nos daba tiempo a apearnos, "vendimiar" unos cuantos racimos y corriendo alcanzábamos de nuevo la camioneta que fatigosamente intentaba  finalizar la cuesta.



Al calorcito de la joroba


                        Pasaron más de setenta años de estas aventuras juveniles y todavía las recuerdo con añoranza.  Nuevos combustibles, nuevas técnicas entraron en estos vehículos y aquellas antiestéticas jorobas de  del gasógeno de los coches desapareció de las carreteras y se convirtieron en chatarra. Bueno, puedo dar fe de que todavía en la actualidad una caldera de gasógeno está funcionando en la vivienda de una vecina de mi pueblo pero no como joroba de un coche; se le dio otros usos  más tranquilos y entrañables. No produce gas pobre sino un agradable calorcito durante los fríos inviernos a modo de estufa colocada en la “lareira” de su cocina.                 

lunes, 11 de marzo de 2019

Faenas agrícolas de otros tiempos, la malla

Una hermosa aldea de tejados de pizarra

Un pequeño poblado de la Galicia interior a más de mil metros de altitud y a mediados del siglo pasado. Sus vecinos dedicados exclusivamente a la ganadería y agricultura. Una iglesia parroquial; un trozo de monte que hacía de cementerio; una numerosísima cabaña de ganado vacuno y bovino. 
Una escuela y un maestro quién, hace sesenta años, trataba de dar cultura y vida a treinta alumnos con años de retraso escolar.
La aldea tenía apenas setenta casas de piedra, achaparradas, abigarradas unas contra otras e incrustadas en un paisaje de tejados de pizarra. El pueblo más cercano estaba a tres horas de marcha por un camino solo apto para monturas o a pie. Imposible de transitar en los peores días de invierno.



Pan para los hombres, forraje para los animales

La principal labor agrícola era el cultivo de centeno; alimento básico para las personas y forraje para los animales. Esta planta admite tierras muy  pobres en nutrientes y soporta bien las oscilaciones climáticas.
Para centrar el contenido del tema quiero recordar las labores propias del cultivo del centeno. Esta planta se siega al llegar a su madurez. Cuando corresponde  se deposita en el suelo con el  fin de soltar el grano de la espiga mediante la malla. El piso, para esta faena, debe de estar liso, firme y aislado del suelo de tierra. De esta manera los golpes con el mallo son más efectivos y se evita que el grano se mezcle con la tierra y la arena de la era.



¿Dónde mallar el centeno?

Al llegar a este punto debo aportar más información para realzar la originalidad de esta labor agrícola. Y espero que no sea enojosa y molesta a la sensibilidad del lector.
En la aldea había una poza de uso comunal y en ella se iban depositando los excrementos de las vacas, la bosta, que los animales iban dejando en su deambular por monte y caminos. Durante todo el año esta fosa se iba rellenando con los continuos aportes de este material orgánico. 



Jugando camino de la escuela

La recogida de estos montoncitos era llevada a cabo, principalmente, por los niños. Cuando venían para la escuela, además de su pizarra y cuaderno, traían, unos, un envase de lata, otros más hábiles, manejaban un carrito de juguete hecho con cuatro tablas y ruedas de madera.  Y así iban recogiendo las bostas que encontraban por el camino. Antes de entrar  aparcaban su transporte en la pared exterior del edificio y empezaban sus tareas escolares.
Al terminar las clases recogían de nuevo el carrito y  seguían con la faena. Cuando convenía  la mercancía eran vaciada en la poza comunal y así un día y otro día.




El día de la malla

Tras la siega del centeno se preparaba el lugar de la malla. Se limpiaba el terreno de piedras y se alisaba dejándolo perfectamente plano. Con la bosta se hacía una masa homogénea y se extendía sobre el terreno. El calor del verano iba evaporando la masa y al cabo de un tiempo quedaba una costra dura y flexible a modo de grueso cartón formada por las fibras vegetales sin digerir y materia orgánica.
Hay que decir que en absoluto olía mal y su aspecto, si obviamos su origen y una vez seca, no parecía mal.


Respetables faenas extraescolares

Curioso dilema se le presentaba a este maestro. No podía prohibir estas faenas a mis alumnos pues en cierta manera era un medio de subsistencia que estaba integrado en sus usos y costumbre  centenarias. Lo resolví respetando esta tareas extraescolares e intentado incorporar normas básicas de higiene en los chavales.
Solamente una última reflexión:  si algún lector se ha sentido molesto  por este relato, le pido perdón, tal como lo vi lo cuento ahora. Gracias.

jueves, 17 de enero de 2019

Las escuelas de amiga en Galicia


Recuerdos de un antiguo escolar, década de 1920    

Mi primera escuela


Retrocedamos noventa años en la escala del tiempo cuando este redactor, ya con cinco años a cuestas, debía de entrar en el mundo de la cultura e iniciar la asistencia a una escuela primaria para poder cumplir con la  misión de una nueva vida que empezaba para él.  Mi casa estaba situada en una pequeña villa a orillas del río Ulla y cerca de ella hacía bastantes años que funcionaba una escuela a la que asistían  niños y niñas. Allí cantaban, memorizaban el catecismo, aprendían a leer y escribir, hacer cuentas y poco más.

El maestro, sin título, por supuesto, atendía a su manera a los alumnos y casi agotaba todas sus energías para imponer la necesaria disciplina en el desarrollo de la clase.


 Las escuelas de amiga        

En aquellos tiempos apenas había escuelas oficiales y con maestro titulado. La población infantil era mucho más numerosa que en la actualidad;  por este motivo, paralelas a las escuelas oficiales, proliferaban otras a las  se les llamaba escuelas de amiga. En ellas una persona, hombre o mujer con solo una cultura primaria, con un local adecuado y sin otro oficio u ocupación, dedicaba seis días a la semana a esta labor docente mediante una módica cuota mensual que en mi caso, creo recordar, ascendía a dos reales al mes.


Mi primer maestro, Don Adolfo, menudo de cuerpo y con quevedos

El recuerdo más lejano que tengo de mis actividades como alumno de don Adolfo  en esta escuela de amiga, es la imagen de su persona: menudo de cuerpo y totalmente calvo. Unos quevedos colgaban de su nariz y  cuando hablaba, su voz sonaba en falsete y con un tono tan agudo que casi hacía daño en los oídos.
A la entrada a clase nos dirigíamos de uno en uno  hacia la mesa del maestro y con los brazos cruzados  soltábamos el obligado saludo:        


    ¡Buenosdíastengaustededcomoestáusted!

 y sin más ceremonias nos dirigíamos a nuestros respectivos asientos.


Las tareas de clase          

 Este antiguo alumno se sentaba en un banco lateral. Su primera tarea consistía en dibujar las letras del abecedario en una pizarra con un pizarrillo de apenas dos centímetros. Además debía memorizar  el mismo abecedario ante un gran encerado cantando en grupo las mismas letras con una cadencia musical en si bemol.


Una huerta adosada  a la clase hacía de lugar de recreo. Este corto espacio de tiempo libre era el más deseado por nosotros. Debíamos disfrutar de este descanso en dos grupos o tandas pues era muy numerosa la matrícula. Muchas veces,  a vueltas con nuestros deberes, mirábamos con envidia para los  que disfrutaban del recreo. Una aguda llamada de atención del maestro nos obligaba a concentrarnos de nuevo  en nuestra tarea.


Mi segunda escuela con maestro titulado

Una nueva etapa de mi vida escolar me sitúa en una escuela nacional, ya con maestro titulado. Nada recuerdo de mis avances  y progresos como escolar. Todas mis vivencias quedaron registradas en las imágenes del entorno de la escuela, en el ambiente, en las anécdotas relativas a la enseñanza. Recuerdo también los severos y con frecuencia humillantes castigos que recibíamos  por nuestras distracciones o travesuras.

El maestro fumando y leyendo el Faro de Vigo controlaba la clase

Tengo todavía presente en el recuerdo la imagen del maestro sentado en su sillón, fumando cigarrillos y leyendo el FARO DE VIGO.   Sobre la mesa, una esfera terrestre muy deteriorada y el cenicero lleno de colillas. A su lado, una vara de muy flexible y de color amarillento.

Empezaba la sesión con la lectura  y memorización de la materia correspondiente y su copiado en nuestros cuadernos. Para controlar el horario sacaba del bolsillo de su chaleco un enorme reloj marca Roskoph que pendía de una cadena. Le daba cuerda usando una llave como la que se utiliza en los relojes antiguos de pared.


Seguía la sesión normal de la clase hasta la hora de salida; pero antes debíamos vaciar su cenicero  lleno de colillas.


Otras escuelas rurales de Galicia


Después de pasar  una breve mirada a los recuerdos de mi primeras  escuelas, quisiera recrearme en la descripción de  dos imágenes que aquí se  incluyen. La primera, una escuela mixta que funcionó alrededor del año 1917 en una zona rural de la provincia de Pontevedra, imagen  que recupero del libro la Estrada Retratada. Su maestro,  Pedro Brey, tío abuelo del ex-presidente del gobierno Mariano Rajoy Brey.


Impacta esta imagen por la cantidad de niños “estibados” en el local: Ochenta alumnos, sin casi capacidad para moverse. Destaca la ingenuidad que refleja la cara de las niñas con su pañuelo a la cabeza, prenda obligatoria para todas las mujeres en aquellos tiempos.´
A pesar de estas limitaciones de espacio, de la dificultad de la labor personalizada y de la falta de material escolar, su labor y sus logros en la enseñanza tuvieron que ser muy importantes pues así lo reconoció el Estado concediéndole el ingreso en la Orden  de Alfonso X el Sabio; acto que se celebró en Pontevedra el año 1958.


La segunda imagen corresponde  al local de una escuela de un convento franciscano datada a principios del siglo XX. La contemplación de dicha imagen ahorra comentarios dada su originalidad   y simbolismo.

sábado, 5 de enero de 2019

El Graf Zeppelin sobrevuela Pontecesures

Un niño de 5 años ve pasar un gran globo por encima de su su escuela

Con este título quiero dar paso a uno de los recuerdos más lejanos en mi memoria. Se trata del encuentro con aquel enorme aparato volador que surcó los cielos durante el primer tercio del siglo XX.


El gran Graf Zeppelin

Aclaremos primero el tema para su mejor comprensión.
Los técnicos de la aeronáutica alemana consiguieron construir enormes aparatos voladores con propulsión propia. El más famoso fue el Graf Zeppelin, el dirigible, que durante su vida útil realizó 590 viajes, dio varias vueltas al mundo recorriendo un total de 17 millones de km.



Se sustentaba en el aire mediante varios ciento de miles de metros cúbicos de hidrógeno, gas mucho más ligero que el aire que respiramos y que almacenaba en sus bodegas.
Tuvo su trágico fin en la ciudad de Hindenburg al incendiarse el inflamable hidrógeno el día seis de mayo de 1937. También el trágico fin de 13 pasajeros y 23 tripulantes. Así remató la aventura de este coloso y también el fin de de esta técnica de vuelo.



Toda esta información fue recogida de los registros históricos de esa época pero queremos concretar más el tema de los dirigibles recuperando información de la prensa gallega, especialmente la del PUEBLO GALLEGO  que relata con detalle el paso del zeppelín volando muy bajo por los cielos de la ciudad de Vigo en una de sus vueltas al mundo. Su paso causó miedo y asombro de los vigueses y pueblos cercanos.

Este acontecimiento fue publicado con todo detalle el día 9 de agosto de 1929 y en él se especifica que  este dirigible transportaba 41 tripulantes, 20 pasajeros y tres señoritas japonesas.





Además de las informaciones recuperadas de la prensa, debo aportar curiosos datos del paso por Galicia de una de sus vueltas al mundo. Informaciones personales que recupero de mi memoria.
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El paso del Graf Zeppelin interrumpe el recreo


Este redactor disfrutaba de la hora de recreo en la escuela de don Adolfo. Había ya cumplido los cinco años y recuerdo que, en un momento, todos los niños pararon en sus juegos y miraban admirados para el cielo.

Por el horizonte se venía acercando un enorme aparato que volaba en dirección hacia Santiago, procedente del punto geográfico Suroeste, como si viajase en ruta de Vigo- Santiago. El objeto era alargado y muy brillante por el reflejo de los rayos solares.
Asustados, llamamos al maestro.
Don Adolfo se pone las gafas y contempla con detalle y un poco inquieto  ese objeto volador. Nos explicó que se llamaba el dirigible y que era un   invento alemán. Durante largo rato seguimos la marcha de este aparato volador que majestuosamente se fue perdiendo en el horizonte.





La vaca voladora

Terminada la clase volvimos para nuestras casas. Allí comentamos este acontecimiento. Días después nos fuimos enterando del enorme impacto que dejó en la población y las interpretaciones de las gentes fueron variadísimas.

La mayoría de la población rural consideró este objeto volador como un animal doméstico que se iba para el cielo. Otros le daban una interpretación  divina, como si fuese un castigo de Dios y el fin del mundo por nuestros pecados.

                        Este redactor de aquella no tenía todavía  opinión. Pero ahora, en el momento de redactar este acontecimiento, puede decir con toda rotundidad que es el único espectador vivo que puede dar fe del paso del Graf Zeppelin por los cielos gallegos. Y que las cosas no cambien.


viernes, 5 de octubre de 2018

Ritos mortuorios en la Galicia rural


Funeral a la antigua usanza    

Suenan las campanas  

La pasada noche falleció mi vecino y amigo Francisco o Costureiro.
Me enteré esta mañana por el repique de las campanas. Estas suenan con una cadencia especial cuando anuncian un fallecimiento. Si fuese un niño, esta cadencia sería muy rápida, casi alegre, tocarían a gloria, pues creían que la criaturita iría directamente al cielo. Hoy suenan lentas. Con esa misma cadencia de la nieve que cae. Esto es un recuerdo


El velatorio

 En esta aldea de la alta montaña ourensana celebraban las ceremonias fúnebres siguiendo unas costumbres heredadas de remotas tradiciones que  aquí relato con detalle y con una lejanía en el tiempo de sesenta años.
El velatorio se celebraba en la casa del propio difunto al que asistían familiares y vecinos.  Durante el mismo, apenas había conversaciones, todo eran susurros; nunca mencionaban el nombre del difunto, lo sustituían por  o difuntiño  pero añadiendo la jaculatoria  que Dios lo tenga en la gloria.




  Las mujeres, sentadas en torno al ataúd acompañaban a la viuda. La luz de las velas daba un aspecto de recogimiento singular. Apenas se oían unos murmullos y de vez en cuando una plegaría. Todas se cubrían la cabeza con un pañuelo negro como muestra visible de luto. El recuerdo del difunto flotaba en el ambiente como si estuviese todavía gobernando  las actividades de la familia. Los hombres, en la cocina en torno al hogar, charlan quedo de sus cosas y caliente el cuerpo con un aguardiente.

Hay que llamar al párroco

 Antes de dar sepultura al cadáver era necesario realizar una serie de diligencias; para ello se desplazaba un grupo de vecinos   a las aldeas cercanas para informar a parientes y conocidos de la noticia del fallecimiento.


Aldeas que distaban generalmente dos horas de camino por estrechos senderos de montaña. Debían además ponerse en contacto con el párroco residente en otra parroquia, bajar al pueblo para encargar  el ataúd, dar cuenta oficial de este suceso a las autoridades y demás obligaciones propias del caso.

La ceremonia

Los funerales se celebran con el ataúd cerca del altar. La propia ceremonia litúrgica era dirigida por el párroco celebrando una misa con todas las letanías propias de esta liturgia. Recuerdo esa letanía lenta, ese diálogo cantado entre el sacerdote en el altar y el sacristán colocado al fondo de la iglesia.
Las mujeres que asistían a la ceremonia arrodilladas unas y sentadas otras. Todas con un recogimiento muy especial. Recuerdo también con claridad esa luminosidad de las decenas de velas que tenían en las manos. Con sumo cuidado aderezaban el pabilo, volvían a introducir en la llama las gotas de cera derretidas que caían en la pizarra que a modo de bandeja sujetaba la vela. En cierta manera, esta actitud contemplativa y continua de cuidado de la llama en comunidad, las sumergía en un estado mental muy especial.
Los hombres con chaleco y pantalón de pana, boinas en sus    manos y calzados con zueco de altas suelas de madera, ocupaban los fondos de la iglesia.
A veces el párroco no podía asistir a los cultos pero o difuntiño no quedaba sin funeral o acto similar. El sacristán o una beata suplían esta ausencia  desgranando un rosario con sus correspondientes letanías.

El entierro

Sin otra ceremonia se procedía al traslado del cadáver al cementerio. Un lugar de una sencillez y sobriedad primitiva. En realidad, era un trozo de monte llano, rectangular, circundado por un muro de pequeñas piedras   sin entrada principal. E su interior, pequeñas parcelitas señalaban antiguas enterramientos.
La caravana iba camino del cementerio en fila india por las dificultades del camino  cubierto con más de una cuarta de nieve. Todos en silencio.  Algunas mujeres murmuraban oraciones con su rosario en la mano: otras  en voz alta manifestaban las virtudes y buenas obras de Francisco, unas reales y otras imaginarias.


                 En el cementerio ya estaba preparada la fosa que habían cavado  dos vecinos. En esa época del año, las primeras capas de tierra permanecían heladas y era necesario el uso de pico y pala.
                 Llega la comitiva al cementerio. Los portadores se acercan a la fosa y proceden a dar sepultura al amigo Francisco. Las mujeres, ajenas a este acto de enterramiento su dirigen directamente hacia los sepulcros de sus allegados. Limpian el terreno de escombro, colocan pequeñas ramitas delimitando la fosa, juntan sus manos y mirando al cielo, rezan a viva voz mezclando  gemidos lamentos  y llantos recordando a sus difuntos.

Polvo eres

                    Así cumplió el amigo Francisco o Costureiro con el ciclo de la vida y la muerte entregando su cuerpo a la madre tierra que le vio nacer
A este narrador todavía le suenan las letanías cantados por el cura en el altar y contestados por el sacristán  en la liturgia de los funerales y esa luz tenue de las velas que al tiempo que mostraba lo ocultaba todo.
                   
                   



sábado, 15 de septiembre de 2018

Piedras santas (el crucero resucitado)

            

Una aldea gallega, su iglesia y un crucero            

 Un lugar de la geografía rural gallega cuyo nombre no cito. Una pequeña iglesia asentada en la colina más alta de la zona, muy cerca de un primitivo castro celta, con la fachada principal de románico primitivo y con los relieves muy erosionados. Y un poco más abajo, recibiendo a los feligreses que suben hacia al culto, un crucero, nuestro protagonista. 
Ya más lejanas, antiguas casas de piedra incrustadas en el verde paisaje de las faldas de los montes cercanos. A lo lejos, la silueta puntiaguda del Pico Sacro. 




El crucero 

Sobre una plataforma cuadrada se alza este precioso crucifijo de piedra.
Con esta escueta descripción a modo de estampa fotográfica entramos en el tema recordando el amanecer de día cuatro de octubre de 1984 cuando el ciclón “Hortensia” azotó las costas de la península, especialmente las costas gallegas y tierras interiores. El intenso viento con ráfagas de 158 km hora afectó de tal manera a este cruceiro que una de esas ráfagas derrumba la cruz y capitel, golpea esta masa de piedra contra las escalinatas de la plataforma y se rompe en pedazos.



Así quedó el crucero descabezado durante varios meses. Los paisanos que asistían a los cultos religiosos evitaban tropezar con los trozos de las piedras desprendidas. Algunos las recogían y colocaban con respeto en un pequeño montón.


Nuestro patrimonio cultural  se cae a pedazos

Las autoridades eclesiásticas ignoraban este destrozo. Tampoco las autoridades civiles como Patrimonio, organización que debe velar por nuestro patrimonio cultural, no se hacía cargo de su restauración. Todo era pasividad, abandono, desidia y los trocitos de piedra se iban hundiendo cada vez más en la tierra.
Este redactor narra estos acontecimientos porque los vivió personalmente. Durante quince años había regentado una escuela de niños en esta parroquia y contempló con mucho dolor este desastre.
Un día pudo más la indignación y la tristeza  que la prudencia y decidió poner remedio a esta situación de abandono y afrontar personalmente la restauración de estas piedras. 
Con el consentimiento del párroco se llevó para su casa los trozos desprendidos del crucero, arena incluida y asumió la tarea  de realizar personalmente  su restauración.
Todas estas actuaciones se realizaron de una forma discreta. Era una situación delicada y con ciertos riesgos legales. 


El proceso de restauración

Con mucha paciencia y sin límites de tiempo, comenzó con la unión de las piezas de este rompecabezas.


 Los brazos de la imagen se perforaron y se reforzaron con varillas de acero; pequeñas cabillas se utilizaron para fijar las partes más grandes. Un cemento especial era el producto usado en dichas uniones.  Entre uno y otro empalme se necesitaba un largo periodo de tiempo de fraguado pero como este restaurador lo disponía de sobra, todo se fue recomponiendo. Hay que decir que el método utilizado fue muy cuidadoso y respetuoso y dentro de la gravedad del caso se utilizaron los medios y materiales que menos dañaban su integridad.

Seis meses después de que el ciclón “Hortensia”  decapitara este hermoso crucero, la silueta del mismo desafía de nuevo el horizonte. Hace treinta y dos años que se realizó esta restauración y todavía sigue soportando nuevos ciclones y su imagen de piedra desafía al tiempo y a los vientos en lo alto de la columna de piedra. Los líquenes de forma de hojitas incrustadas y de manchas grisáceas cubren su superficie dándole esta pátina especial que matiza las piedras después de muchos años a la intemperie.


La obligación de proteger nuestro patrimonio cultural

En la fotografía de la izquierda, tomada el mismo día  en que fue repuesto el crucero, se ve el hórreo de la iglesia en buen estado. En la imagen de la derecha tomada este mismo año se aprecia su estado actual. 
Para finalizar este relato muestro estas imágenes. Dicen que el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla.